La suma del todo

Un guiño cómplice, el pulso a mil revoluciones y un ligero estremecimiento.

Hay imágenes que hablan por sí solas. Pequeños gestos y diminutos detalles que pueden pasar desapercibidos si no se presta atención. Pequeñas recompensas que saben a triunfo, y que nos perdemos, si no somos lo suficientemente pacientes de esperar a que lleguen.

Paciencia. Es lo que siempre nos dijeron que debíamos tener a raudales. Y cultivar a diario. Aprender aquello de que todo tiene su turno, su billete de ida, e incluso de vuelta, y hasta su gracia. Aunque todo parezca indicar lo contrario. Que no por correr más, llegaríamos antes ni los primeros. Que quizá de tanto correr, nos desinflaríamos a mitad de sprint. Y nos perderíamos el llegar, las vistas, la sensación de victoria. Y nos perderíamos lo mejor de cada momento.

Y es que hay lugares y momentos. Únicos en todos los sentidos. Irrepetibles. Mágicos de principio a fin. Que son lo que son y que no podían ser de ninguna otra manera. Que por mucho que los intentemos controlar, personalizar y hasta hacer un lavado de cara, se rebelan, y se convierten en cualquier otra cosa. Y cobran vida propia. Y resultan ser protagonistas indiscutibles.

Y luego están las personas. También únicas, también a su manera. De las que puedes recibir mucho, si decides no esperar nada. De las que puedes disfrutar a su lado, si te olvidas de exigencias, de temores, de otros sinsabores. Si te olvidas de primeros, segundos y terceros, y hasta de ti. Si te permites ser tú, y les dejas ser ellas.

Personas de las que puedes llegar a sentirte parte, a entenderte con una simple mirada, a comunicaros sin palabras. Con las que disfrutar perdiendo el tiempo, solucionando el mundo o soñando imposibles. Con las que reír pero también llorar. Con las que nunca te falta un motivo y siempre te sobran miedos.

Personas con las que sumar es fácil y de las sabes que siempre espera algo bueno.

Porque algo que también nos aseguraron, es que lo bueno, también llega. Lo mejor, lo increíble, lo impensable. Puede que un poco más tarde, pero que conoce el camino de sobra. Que nos lo pone difícil, que nos pone a prueba y nos deja a la espera. Para que vivamos otros momentos, algunos tragos amargos, altibajos y pequeñas glorias. Para que aprendamos a separar la paja del trigo.

Para que, llegado el momento, sepamos diferenciar lo que sí, de lo que no.

Para que aprendamos de cada momento, de cada lugar, de casa persona. De lo bueno y de lo que nos hubiera gustado descartar. De las largas esperas y de las inesperadas sorpresas. De lo que hoy sí, pero ayer no. De lo que ayer sí, pero mañana quién sabe. Aprender que cada grano de arena cuenta y de que sumar es algo más que acumular por acumular.

Y que a veces, el todo supera a la suma de las partes.

Y que a veces, las personas, son mucho más que la suma de experiencias.

Por ello, suma siempre que puedas. Resta cuando así haga falta, pero no a cualquier precio. Que sepas hallar la media, el equilibrio y los redondeos. Que aprendas a crecer con todo y a pesar de todo.

Y que sumes kilómetros de felicidad. De esa que tiene que ver con el día a día, con los grandes momentos y con la vida misma. De esa que puede con todo, que da alas, motivos y viajes increíbles. De esa que brota de ti y crece cuando la compartes.

Y que sumes tinta de historias. Que rellenes cuadernos, gastes bolígrafos y agotes posibilidades. Que no te dejes nada en el tintero, por decir, por escribir o por hacer. Que tu historia se llene de prometedores principios, infinitos capítulos y bonitos finales. De anécdotas que reír y de moralejas por contar.

Y que sumes besos. Con los ojos, con los labios, en la frente. Desde los más esperados hasta los robados en un descuido. Con abrazo incluido o con la promesa de darlo en la primera ocasión que tengas. De no dejarlo para mañana, para otro momento, para otra persona. Ni el abrazo, ni el beso. No en vano dicen que, en cada beso que damos, va el alma.

Y que sumes amaneceres. Que los días no sean una mera sucesión del anterior ni una cuenta atrás permanente. Que cada día sea una oportunidad nueva, una hoja en blanco por escribir, una ilusión más por la que levantarse. Y que aunque mañana sea otro día, el hoy está para vivirlo.

Y que sumes bailes. A solas y en compañía. Bajo el brillo de la luna o a plena luz del día. Con una sonrisa, con los sentidos, con tu vida. Que te saques a bailar en cada ocasión y que no te importe si te miran o no. Tú baila. Que mientras bailas, tu mente olvida.

Y que sumes lágrimas. De esas que te arrancan a base de emoción, de abrazos y con bonitas palabras. De esas que enternecen. De esas que unen. De esas que sanan. Porque cada una de ellas cuenta una historia. Y cada lágrima que escondes es un recuerdo que se ahoga.

Y que sumes estremecimientos. De esos que no puedes controlar, ni quieres. De esos que hablan de bonitos momentos, de suspiros que se esfuman, de memorias que permanecen. De esos que te recuerdan el aquí y ahora. Que estás presente. Y que estás vivo.

Y que sumes sonrisas y carcajadas. Que no le pongas frenos. Que encuentres risas en cualquier motivo, y hasta sin ellos. Que la cultives para ti y para repartir. Que la risa espanta males y atrae alegría. Une personas y acorta distancias entre ellas. Y que si sonríes al espejo en que te miras, te devolverá más sonrisas.

Y que sumes ganas. Por ti y por lo que sea. Por aquello que mueva tu mundo. Por lo que lo pare una tarde cualquiera. Por todo aquello que te haga levantarte de nuevo, y que te haga olvidar lo demás.

Y que sumes momentos que valen y que el resultado sume más que sus partes.

Y que, al final, sumes vida a cada uno de tus días.

 

Patricia.

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Que no se te olvide

Darle al pause más a menudo. En cada bucle que entres y del que no sepas bien salir. En cada momento tonto, que sabes te podrías ahorrar. En aquellas situaciones que te hagan salirte de ti, de tus casillas y de tu tablero de juego. Y aprende mejor a salirte por tu propia cuenta, a tu sola voluntad. A dar volumen a lo que te interese o importe. Y a no escuchar más discos rayados.

Que no se te olvide bajarte de ese tren, de ese autobús, o de ese camino que coges a diario, que no te lleva a ningún lado. O a ninguno en el que, si tiras de sinceridad, te gustaría estar. Ese en el que ya no miras hacia los lados, el que no acelera tu pulso cuando ves aparecer. El que ni te sorprende ni te hace vivir contando los segundos que restan para que llegue. Bájate. Camina. Olvida.

Que no se te olvide asomarte más y esconderte menos. Mirar por la ventana, abrir los ojos, disfrutar las vistas. Ver, observar, admirar. Comerte con la mirada y con el alma cada momento que pase por delante, cada atardecer que tengas oportunidad, cada oportunidad que nazca al amanecer. O cuando sea. Benditos regalos. Que en ocasiones tan sólo es cuestión de prestar atención, soltar algunas cosas, y dejarse llevar.

Que no se olvide la magia de las primeras veces. La curiosidad desbordada, el brillo en los ojos, las sorpresas que descolocan. La magia de volver a mirar con la mayor de las ilusiones, con inocencia, con emoción mal disimulada. De sentir nudos, mariposas y cosquilleos varios. De aprender a desaprender y a ver como si fuera la primera vez. A embobarte con los fuegos artificiales. A apreciar detalles que se nos escapaban, a recrearte en las pequeñas cosas. A no dar nada por sentado. A darlo todo en cada intento.

Que no se te olvide el hoy. El ahora mismo y lo que sea que tengas en estos momentos delante. El aquí, ahora y ya. Que lo que haya de llegar, llegará. Mientras que el presente no da segundas oportunidades. O te empapas de él, o se esfuma. Aprende a estar, a empaparte, a no perderte nada.

Que no se te olvide respirar. Por la nariz, la boca y por la piel. Llenarte de energía, refrescar tu coraje, sanar tus ansias. Conscientemente, que no de forma automática, anodina y como cualquiera. Por simple costumbre o necesidad del cuerpo. Que la diferencia es abismal. Que no es tanto sobrevivir, como simplemente vivir.

Que no se te olvide amar. A los tuyos, a decirlo en voz alto y a demostrarlo en cada ocasión que tengas. Y a ti, a cada uno de tus días, aquello en lo que pones tu vida. Tu esfuerzo, tu ilusión. Pese a que se vista de gris, amenace desastre o intuyas naufragio. Recuerda aquello que dicen, que solo poseemos aquello que un naufragio no puede arrebatarnos.

Que no se te olvide confiar. Darte un margen, espacio y alas. Y creer en ti. Decírtelo a diario, delante del espejo y a pleno pulmón si hace falta. Con tal de creerlo. Ante cualquier situación, por pequeño, grande o loco que sea el reto que tengas delante. Nadie mejor que tú, no te arrepientas mañana. Conoces la teoría, aplícate en la práctica.

Que no se te olviden tus sueños. No los dejes para el final, para cuando te sientas mejor, para cuando sea. Que cualquier momento sirve para ponerte a ello. No solo en vacaciones, en momentos de inspiración o una noche entre amigos. Que de niños se nos da más que bien, pero de mayores nos cuesta en exceso. Nos olvidamos. Y lo dejamos de lado. Aprende a pasar de los sueños condicionales, a soñar, y cumplir, en presente.

Que no se te olvide ponerte de pie. Y dejar de mirar tanto el suelo, la piedra o tus pies. Deja de temer caerte y céntrate en levantarte. El cuerpo, el alma y la ilusión. A quitarte esos zapatos que te aprietan, que te rozan o que te hacen siempre daño. Consentirlo o no, está en tus manos.

Que no se te olvide tu vida. La que lleva tu nombre. El regalo que no pediste y te dieron. El mejor de todos. El que no se detiene y avanza siempre en tiempo de descuento. Esa que tanto te cuesta a veces. Esa que dices que no te da, o que se te pasa volando. Aprende a pararte, a seguirla, a girar con ella. A llevarla a tu terreno, a vivirla y a hacerla completamente tuya.

Que no se te olvide cantar, reír, bailar e improvisar. Dejarte de tantos planes perfectos, de tantos rollos, de tantos marrones. No en vano, quien busca encuentra… sea lo que sea. Escribe tu propia historia, crea tus propios viajes, invéntate tus pasos. Aprende a darlo todo y exigirte menos. Sabiendo que das lo más, y que, en ocasiones, menos muchas veces es más.

Que no se te olvide que soltar es ley de vida, que no puedes cargar con excesos ni equipaje de más, y que cuanto más ligero, más espacio, y que cuanto más espacio, nuevas cosas han de llegar.

Que no se te olvide mirar a los ojos. Los tuyos. Y a los de quien te habla, quien te escucha y quien te cuida en la mayor o menor distancia. Hay miradas que lo dicen todo.

Que no se te olvide escuchar. Tanto fuera como dentro. Aprende a interpretar silencios, a callar los restos, a disfrutar de cada melodía. A que para hablar, primero se ha de escuchar. Y que, muchas veces, lo que más importa, es precisamente lo que no se escucha.

Que no se te olvide que cada día se reinician 86400 segundos, y que cada uno cuenta.

Y que cada uno, es tuyo.

 

Patricia.

De ilusión también se vive

Una alegre conversación una noche cualquiera, un plato de cacahuetes a punto de acabarse y la luna brillando en lo alto.

Una conversación de última hora. De las buenas. De esas que no entraban en la agenda y se cuelan en el tiempo de descuento. Por unanimidad y por no dejar ni el momento ni las risas a medias o en un punto muerto del que luego sea difícil recuperarla. De esas que empiezan de la manera más tonta y no parecen tener fin.Ni quieres que lo tenga.

Una conversación en presente simple que habla de un futuro bastante cercano. De esbozos de planes pendientes de confeccionar. De compartir. Y de regalar. Confesiones de todos los colores entre risas, cervezas y miradas curiosas por saber más, por alargar la conversación, por dejarse sorprender.

Dicen que las personas, al igual que cualquier situación o cosa, encuentran por sí mismas el modo de aparecer en tu vida. De entrar en ella de una u otra manera, en el momento oportuno, ni antes ni después. Sin necesidad de esconderse detrás de una tremenda campaña de marketing, ni de horóscopos que pronostiquen tus días. Y que cada persona llega, sin ser llamada, buscada o planeada. Sin necesidad de utilizar un calzador, un comodín o una excusa barata.

Destino lo llaman algunos.

Que todo lo que sea forzar o precipitar algo está condenado al fracaso desde el principio. Que de nada sirve perseguir por perseguir, empecinarse o correr como locos sin cabeza. Ni perderla por la última novedad de turno que tanto nos atrae.

Novedades que también saben colarse y ganar terreno a su antojo. Las que llegan dispuestas a poner patas arriba tu mundo, aunque tú no lo sepas ni lo dejen entrever. Y que de hecho, lo ponen. Lo giran, le dan la vuelta, lo agitan y se sientan a ver qué sale de todo aquello.

Novedades que te rebelan cuán aburrida se ha vuelto tu vida en algún aspecto, y tú sin darte cuenta. Cuán monótonos o cómodos nos hemos vuelto, cuántas cosas nos estamos perdiendo y a cuántas estamos renunciando sin ni siquiera planteárnoslo. Que a todos nos pasa en algún momento. Que no es que nada valga, que tampoco es eso. Pero que quizá alguna cosa nos sobra. Y nos hacen falta otras.

Ilusiones.

Que digan lo que digan, a veces se necesita de ellas. Incluso de las más diminutas. Que incluso con ellas se consigue ese impulso, esa chispa, esa emoción que nos lleve a saltar de la silla, a retomar y prolongar conversaciones en tiempo de descanso, a volver a vivir. El empujón que nos falta o la energía que no encontramos en otro lado. Un pequeño brote, que florece con la luz, con el cariño, con el tiempo.

Que sí, que hay quienes dirán, con razón, que no nos llevan a mucho, que sólo nos roban tiempo y nos pintan cara de bobos. Ilusos ellos, porque siempre nos llevan a algo. Que puede que se queden en castillos en el aire, sin dueño ni llaves para entrar en él. Que se derrumbarán al primer soplo de aire que se levante.

Pero que nos quiten lo bailao.

Y sí, hay ilusiones que un buen día se apagan. Que tras mucho o poco tiempo, se quedan sin chispa. Sin nada más que darnos, salvo recuerdos. Que no dan más de sí, que ya no son lo que eran. Que te sueltan la mano y te dejan andando a solas. Sabiendo que llegarás donde quieras llegar. Que está en ti. Que solo era el principio de algo. De poco o mucho, pero de algo.

Y sí, hay ilusiones breves. Demasiado. Tanto que parecen un sueño, de esos de los que despiertas en el mejor momento. Pero que, pese a breves, valen mucho. Ilusiones que cuando se acaban, el tiempo parece volverse más lento o incluso pararse. Como si se abriera una puerta tras la cual sabes que las cosas serán distintas, que el paisaje será otro, que tu mundo habrá cambiado un poco. El que habías construido sobre esas ilusiones, sobre esos castillos en aire y esos planes de futuro. Que ni esperabas que se acabaran, que ni te lo planteabas, o al menos, no tan pronto. Que pensabas que todo seguiría así.

Pero que hay otras que te dan más que te roban. Ilusiones que te dan chispa, vida y otras nuevas ilusiones. Que te abren puertas a un nuevo mundo, a nuevas miradas, a ver con otros ojos. A sentir de otra manera, a conocerte mejor, a disfrutar más. A soltarte la melena, los pies, las ganas. De tener más, de dar más, de llegar a lo máximo. Dentro de tus posibilidades. Y de expandirlas todo lo que puedas.

Las mejores, las ilusiones que aparecen de la nada. Las que te sorprenden y les coges cariño poco a poco, entre noches tontas y risas de lo más escandalosas. De las que te hacen arreglarte, por dentro y por fuera. Mirar con ilusión, con optimismo, con deseo. De que salga bien, de que te lleve a  algo mejor, de que nunca se acabe. De que vaya a más.

Aunque a veces, vayan a menos.

Aunque a veces, se apaguen antes de tiempo.

Que lo que importa es vivirlas. Darles la oportunidad de ser, de llenarnos, de llevarnos. De no tenerles miedo ni pereza. De confiar en ellas y jugárnosla. Por ellas, por nosotros, por esos momentos. Los que se esfuman como por arte de magia si los perdemos de vista. Si los damos por sentado. Si dejamos de cuidarlos.

Que importa la chispa. Esa que nos ilumina, que nos acelera el pulso, que nos hace perder la cabeza. La que nos hace olvidar rutinas, aburrimiento, y “lo de siempre”. La que hace que cada día parezca incluso mejor que el anterior.

Que importa cumplirlas, o al menos intentarlo. Las ilusiones que no te gustan, te encantan, te hacen tremendamente feliz con sólo pensarlas. Imagina las que se cumplen.

Que importan las ilusiones que sacan sonrisas y borran lágrimas, que acentúan tu mejor humor y sacan tu mejor versión.

Que importa disfrutarlas.

Y que de ilusiones también se vive, si estás dispuesto a apostar por ellas.

Patricia.

Lo bonico

Bonicas las palabras. Las que remueven el alma y dan color a las mejillas más pálidas. Las que levantan el ánimo, provocan sonrisas y alegran los días. Las palabras espontáneas que surgen de la nada y que lo valen todo. Las que cuestan tanto decir y dicen mucho con muy poco. Las que vienen de quienes más quieres y de quienes menos esperas. Las escritas entre emojis y abreviaturas, las que se pierden con el viento. Las que se susurran al oído, las que se dicen mirándose a los ojos.

Bonicas las risas. Las sinceras, las verdaderas, las espontáneas. Por su sonido, su melodía, su capacidad de romper silencios y borrar tensiones. Por su naturalidad. Las risas que se contagian, las que atraen sin maldad y provocan otras sonrisas. Las que relajan los hombros, la vida, los días. Las que quitan hierro y añaden sabor. Dulzura. Esencia.

Bonicos los suspiros. Los que te pillan de sorpresa y por la cosa más simple. Y hasta insignificante. Los que te pillan sin cámara o móvil que te haga perdértelo. Maldita costumbre la nuestra de querer grabarlo todo, en lugar de vivirlo en directo. Suspiros que te abren los ojos, la mente, el alma. Los que te dejan flotando y con la felicidad en los labios. Los que nos hacen más humanos.

Bonicas las sorpresas. Las que llegan una tarde cualquiera, las que rompen el aburrimiento, las que tiran abajo cualquier rutina. Las que te despeinan y alborotan el flequillo. Las que llegan para revolucionar tu mundo. Para cambiarlo, para quedarse. Para hacer borrones, cuentas nuevas, puntos y aparte.

Bonicas las personas. Las de ayer y las de mañana, pero sobre todo las de hoy. Quienes hoy te dan la mano y bailan a tu lado. Les guste o no la música. Se sepan o se inventen cada uno de los pasos. Quienes saltan en los mismos charcos y andan sin paraguas bajo los que resguardarse de la lluvia. Personas que tienen su propia luz y no dejan que nada ni nadie la apague. Personas que brillan y, lo más importante, que te hacen brillar a ti también. Que tú por tu cuenta, ya lo haces, pero ya se sabe aquello de que “en compañía se llega más lejos”.

Bonicos los regalos. Los de una fecha señalada y los improvisados. Los regalazos que cualquiera admira y los pequeños detalles que pasan desapercibidos para muchos, para la mayoría. Los que no vienen ni siquiera envueltos en coloridos papeles, ni con un cuidadoso lazo rojo. Los regalos porque sí. Porque apetece. Porque se sienten. Más allá de quedar bien o porque nos lo chive el calendario. Los regalos más personales. Los que se dan sin esperar  vuelta. Los que emocionan incluso más al que los da.

Bonico el tiempo. Cuando nos da la razón y hasta cuando nos la quita. Sabio él. Por enseñarnos tanto, por enseñarnos siempre. Por enseñarnos a valorar realmente las cosas, lo que importa, y cada respiración. Por acompañarnos. Por hacernos cambiar de ideas, de planes, y hasta de sueños. Por ponerles fecha. Por darnos espacio para hacer, correr y volar. Por regalarnos oportunidades, hasta donde sólo vemos vacíos y finales.

Bonicas las caricias. En la espalda, en el pelo, en la mejilla. Las caricias con el mayor cuidado. Y respeto. Y deseo. Las que hablan tanto, que parecen llevar subtítulos. Las que hablan sin palabras.

Bonicos los sueños. Los que un día se materializan y se dejan rozar. Y tocar. Y sentir. Los propios y los ajenos. Los breves y los que llevan su tiempo. Los que parecían inverosímiles hasta que se hicieron. Los que pasaron desapercibidos, hasta convertirse en los más grandes. Los sueños que todavía nos quedan por cumplir. Los que cumplieron tus expectativas y los que las superaron. Incluso los que no, por el simple hecho de vivirlos.

Bonico tú. Por leer, por quedarte, por ser parte. Por estar ahí.

Bonica esa persona. La que alegra tu mundo. Cualquiera que lo haga un lugar mejor. Más bello. Más acogedor. Los que te acompañan, los que creen en ti. Los que algo te enseñan, aunque no se lo pongas fácil. Los que están, siempre que los llamas. Y aunque no lo hagas. Los que te enseñan a levantarte, cada vez que te caes, a contar, cada vez que pierdes la cuenta. Los que te hacen ser tú, y no dejar de serlo.

Bonica la vida, cada día que te sonríe y se deja acariciar.

 

Patricia.

 

Fugacidad

Una estrella. Un deseo. Un segundo.

Para pedir, para desear, para soñar. A lo grande, ¿por qué no? O a más diminuta escala, que a veces es un pequeño gran acierto. Con los ojos cerrados, bien cerrados. Para concentrarte en lo importante. En ti. En el momento. En disfrutarlo. En que no se pierda. En que no se te escape por ningún otro lado. Para impedir que nada ni nadie tome prestado el protagonismo que no le corresponde. Y se cuele. Y te robe la magia. Y rompa el hechizo. Y se lleve la atención. O que se lleve tu deseo.

Una luz que brilla. Que resplandece con luz propia y que atrae todas las miradas. Todas las que estén mirando. Todas las que estén dispuestas a no perdérsela. Que estén ojo avizor, preparadas, a la expectativa. Una luz que ilumina el firmamento. Que lo cruza antes de apagarse. Antes de brillar por última vez. Antes de desaparecer tras un segundo de gloria. Efímero, escueto, brevísimo. Pero suyo por completo.

Y fugaz.

Como fugaz es el tiempo a medida que pasa. A medida que crecemos y nos hacemos mayores. A medida que se nos acaba. Porque en su definición no cabe el concepto de ilimitado. Porque es el que es, único en cada minuto, en cada milésima de segundo, en cada ocasión. Porque es el que nos regala intentos, tantos como tengamos intención de aprovecharlos. Ensayos, para ir, venir, acertar y fallar. Estrepitosamente. O no. Eso es cuestión de cada uno. Y algo que nos facilita también es aprender de ello. Y desaprender lo que nos haga falta. Y que por muchos regalos que nos haga, ninguno es igual. Aunque lo parezca.

Fugaz porque el tiempo no acata órdenes ni espera por nada. Ni por nadie. Va a su aire. Libre y ligero. Regalando oportunidades, a la vez que recoge las que no tomamos. Las que dejamos en stand-by, a la espera, en barbecho. Haciendo grandes planes. De cabeza, de pensamiento. Que no de realidad. Hablando mucho y haciendo poco. O más bien nada. Dejando para un luego que nunca se presenta. Para un más adelante que siempre se retrasa. Retrasando el hoy, mañana y el futuro.

Y dejando atrás.

Como dejamos atrás historias, momentos, personas. Capítulos increíbles, de los que terminan con grandes finales. De esos en que todo sale bien, más que bien. De los que nos cuesta despegarnos y dejarlos ir. O incluso aquellos que preferiríamos olvidar pero que otros acaban tornando en buenos. Soplos de alegrías, de grande dicha, y hasta de emoción desbordada. Momentos en los que se te encoge el corazón, el alma y cualquier pena, y el sol resplandece de una manera especial.

Como dejamos atrás lo que acaba. Por sí mismo o según nosotros. Lo que un día cumple su papel y deja de tener un lugar. O encuentra uno mejor. O se lo encontramos. Lo que pierde el sentido, la razón, cualquier motivo para quedarse. Para estar. Para ocupar nuestro tiempo. El limitado. El que no espera.

El que es fugaz como la vida misma.

Una vida en la que dicen que los días son largos, pero que los años son bien cortos. Demasiado. Que podemos tener la sensación de que los días pasan lentos, a un ritmo excesivamente tranquilo… pero ay los años. Los años vuelan solos.  Al igual que el tiempo. Las oportunidades. Y esos momentos que quedan atrás. Al igual que las personas, que un día están y al siguiente puede que no. Sea cual sea el motivo.

Motivo por el cual se vuelve tan importante elegir bien con quién pasamos los días y a qué dedicamos nuestros años… y con quién volamos.

Porque si fugaz es el tiempo… la vida no se queda atrás.

 

Patricia.